top of page

MIRINDAY

LUGAR DONDE REPOSAN LOS DIOSES

Gran Premio de la VIII Bienal de Artes Visuales ULA 2012, Plena Expresión

Mirinday articula mito, territorio, percepción y realidad geológica a partir de una antigua leyenda andina de Mérida, Venezuela. La obra propone una lectura del paisaje en la que la sierra deja de ser fondo natural para convertirse en cuerpo ancestral, memoria pétrea y presencia latente.

El proyecto incluyó una pintura central y una intervención urbana con marcos instalados en distintos puntos de la ciudad, concebidos como dispositivos de percepción para revelar en la montaña los perfiles de los antiguos seres pétreos. De este modo, la obra activó una nueva conciencia del paisaje y una relación más profunda con la memoria precolombina de la región.

La escena pictórica sitúa a los encantos sobre un punto crítico de Mérida vinculado a la falla de Boconó. En ese cruce, el mito deja de ser relato remoto y se transforma en advertencia contemporánea. La singularidad de esta propuesta fue reconocida con el Gran Premio de la VIII Bienal de Artes Visuales ULA 2012, Plena Expresión.

KM01 MIRINDAI (1).jpg
5357876_edited_edited.png

LA LEYENDA DE MIRINDAY

Mucho antes de la aparición del ser humano, cuando aún no existían la lluvia, la nieve, la niebla ni los animales, el universo era un vacío habitado únicamente por dos presencias originarias: los encantos padres. Eran un hombre y una mujer primordiales, seres antiguos, pétreos y sagrados, sumidos en una armonía absoluta. De su potencia nacieron primero el sol y la luna, luego las estrellas, y más tarde las montañas, las lagunas, los páramos, los arroyos y todo cuanto daría forma al territorio andino.

Pero la creación del paisaje no bastaba. Los encantos volvieron su mirada hacia el firmamento y, guiados por las estrellas, dieron origen a nuevas presencias semejantes a ellos: los encantos hijos. Surgidos de la piedra, del agua, de la noche y de la luz, estos seres poblaron el territorio como guardianes de montañas, lagunas y fuerzas naturales. Sin embargo, todavía faltaba un ser distinto, frágil y pasajero, capaz de conocer el tiempo, el esfuerzo, la pérdida y la muerte.

Entonces, en el centro de la laguna sagrada, los encantos padres dieron origen a los primeros hombres y mujeres. A diferencia de sus creadores, no estaban hechos de piedra sino de una materia vulnerable, cercana al agua y al aliento. Nacerían, crecerían, se multiplicarían, envejecerían y morirían. A ellos se les entregó el fuego, el idioma, el canto y el camino. Desde ese momento comenzaron a poblar distintos territorios, aprendiendo a pescar, cazar, sembrar, curar y construir comunidad, siempre acompañados por la protección invisible de los encantos hijos.

Con el paso del tiempo, los pueblos se expandieron y ocuparon montañas, llanuras y mares. Pero la armonía original comenzó a quebrarse cuando los hombres se distanciaron de sus fuerzas sagradas y olvidaron el vínculo con los encantos. Entonces aparecieron la enfermedad, la sequía, la escasez, la guerra y el miedo. El ser humano, que había nacido en relación con lo visible y lo invisible, comenzó a separarse de la memoria de su origen.

La leyenda de Mirinday pertenece a esa antigua visión del territorio merideño en la que las montañas no son solamente geografía, sino cuerpos ancestrales; las lagunas no son solamente agua, sino centros de creación; y el paisaje entero guarda una memoria sagrada. En esa tradición, naturaleza, mito e historia forman una sola unidad. Mirar la sierra de Mérida es, entonces, mirar también el rostro profundo de una civilización, de sus dioses pétreos, de sus advertencias y de su herencia viva.

cara del indio.jpg
2.jpg

POEMA 
 
MIRINDAY

Antes del hombre
hubo piedra.

Antes del miedo
hubo altura.

Antes del nombre de las cosas
hubo un resplandor inmóvil
sobre el cuerpo oscuro de la nada.

No existían los animales.
No existía la lluvia.
No existía la nieve
ni el relámpago que parte la noche.
No había páramo.
No había laguna.
No había lengua para decir el frío.
Solo estaban ellos,
los encantos primeros,
padre y madre del silencio,
hechos de una materia antigua
que ya contenía la montaña.

Del uno nació el sol.
De la otra nació la luna.
Y las estrellas, todavía dispersas,
fueron reuniéndose como semillas de fuego
hasta trazar en lo alto
la arquitectura del mundo.

Así apareció la sierra.
Así surgieron los filos de piedra,
los pliegues del páramo,
las lagunas quietas,
los arroyos que descienden
como si el agua recordara algo
que la tierra aún no podía contar.

Después vinieron las plantas.
Los peces.
Las aves.
Los cuerpos pequeños que se arrastran.
Las criaturas de muchas patas.
Y sin embargo faltaba alguien
capaz de cargar el tiempo,
de abrir la herida de la historia,
de amar lo que se pierde,
de mirar el cielo
y no comprenderlo del todo.

Entonces los encantos
volvieron su rostro hacia la noche.
Consultaron la luz lejana.
Escucharon el mandato de las estrellas.
Y en el centro del agua sagrada
la piedra comenzó a abrirse.

De aquel temblor nacieron otros seres,
semejantes al origen,
guardianes del monte,
custodios de la laguna,
vigilantes del aire y de las peñas.

Pero todavía no era suficiente.

El universo, para cumplirse,
necesitaba fragilidad.

Necesitaba un cuerpo que envejeciera.
Una voz que aprendiera a nombrar.
Un pecho atravesado por el hambre y el canto.
Un ser capaz de sembrar
y también de olvidar.

Entonces nacieron los hombres.
Entonces nacieron las mujeres.
No hechos de piedra
sino de aliento, agua y cansancio.
No eternos
sino breves.
No invulnerables
sino expuestos al dolor,
a la intemperie,
al desgaste de los días.

A ellos se les dio el fuego.
La lengua.
La pesca.
La caza.
La siembra.
El abrigo hecho con las manos.
La comunidad.
La noche como pregunta.
El canto como puente.

Caminaron la altura.
Bajaron hacia las llanuras.
Atravesaron distancias.
Fundaron pueblos.
Escucharon durante un tiempo
la presencia de los encantos,
y supieron que la montaña no era solo piedra,
que la laguna no era solo agua,
que el paisaje tenía rostro
y memoria.

Pero llegó la ruptura.

Algo se quebró entre el hombre y el origen.
Se cortó la conversación con lo sagrado.
Entraron la enfermedad,
la sequía,
la escasez,
el odio,
la violencia del hombre contra el hombre.
Y el miedo,
ese animal sin descanso,
comenzó a dormir dentro de todos.

Desde entonces
los encantos se retiraron.
Volvieron al fondo de las aguas.
Entraron en la montaña.
Se hicieron piedra otra vez.
No desaparecieron.
Solo dejaron de ser visibles
para los ojos distraídos.

Por eso hay paisajes
que no deben mirarse con prisa.

Porque una sierra puede ser también un rostro.
Porque una peña puede guardar un cuerpo antiguo.
Porque hay montañas que observan
desde antes de nuestra llegada.
Y hay memorias que no fueron escritas en papel
sino en el relieve,
en la niebla,
en el silencio mineral de la altura.

Mirinday nace de esa sospecha.
De mirar la montaña
hasta que la montaña devuelva la mirada.
De comprender que el territorio
no es únicamente geografía
sino herencia sensible,
archivo vivo,
presencia que respira debajo de la historia.

Todavía hay piedra que recuerda.
Todavía hay agua que guarda el origen.
Todavía hay un rostro antiguo
esperando ser reconocido
en el perfil sagrado de la sierra.

Adrian Gómez

MIRINDAY
LA OBRA

Mirinday: lugar donde reposan los espíritus es un proyecto que articula mito, territorio, percepción y realidad geológica a partir de una antigua leyenda andina de Mérida, Venezuela. La obra toma como punto de partida una cosmogonía indígena en la que las montañas conservan la presencia de los encantos padres, fuerzas originarias asociadas al sol y la luna, creadores del paisaje, de las lagunas, de los primeros seres tutelares y de los primeros habitantes de estas tierras. Desde esa base, Mirinday propone una lectura del territorio en la que la sierra deja de ser un fondo natural para convertirse en cuerpo ancestral, memoria pétrea y presencia latente.

El proyecto no se resolvió únicamente en la pintura. Su desarrollo incluyó una intervención urbana mediante una serie de marcos instalados en distintos puntos de la ciudad de Mérida. Estos dispositivos fueron concebidos como generadores de percepción: estructuras simples que, desde perspectivas precisas, enmarcaban el relieve montañoso y permitían descubrir en su silueta los rostros de los antiguos dioses pétreos. La operación era a la vez visual y pedagógica. Se trataba de hacer visible una memoria colectiva que permanecía frente a todos, pero que había dejado de ser reconocida. Los marcos activaban una nueva conciencia del paisaje y devolvían al espectador una relación más profunda con la leyenda, la montaña y los orígenes precolombinos de la región.

La pintura central del proyecto condensa esa investigación y la lleva a una escala simbólica mayor. En ella, las figuras titánicas de los encantos emergen sobre un punto crítico de la ciudad, un lugar donde conviven la expansión urbana, un barrio popular y la fragilidad geológica de Mérida. Ese emplazamiento no fue arbitrario: corresponde a una zona vinculada a la falla de Boconó, una de las estructuras sísmicas más importantes del país y eje de una vulnerabilidad histórica que atraviesa la ciudad. Allí, el mito deja de funcionar como simple relato ancestral y se convierte en advertencia contemporánea. El posible despertar de los dioses coincide con una realidad física concreta: la amenaza sísmica, la precariedad de muchas construcciones y la fragilidad de una ciudad que habita una fisura activa.

Lo decisivo en Mirinday es que no opone mito y ciencia, sino que los hace coexistir en una misma lectura del territorio. Por un lado, la obra rescata una leyenda olvidada por buena parte del imaginario urbano contemporáneo. Por otro, revela que bajo la aparente estabilidad del paisaje se encuentran tensiones geológicas reales. La montaña es, al mismo tiempo, figura sagrada y formación física; la ciudad es, al mismo tiempo, asentamiento cotidiano y cuerpo expuesto. En esa convergencia, la obra plantea una reflexión sobre la ceguera moderna frente a las fuerzas que sostienen y amenazan el lugar que habitamos.

La relevancia de Mirinday dentro de la trayectoria de Adrián Gómez se consolidó al obtener el Gran Premio de la VIII Bienal de Artes Visuales ULA 2012, Plena Expresión. Este reconocimiento señaló la singularidad de una propuesta que, siendo desarrollada desde un cruce entre arte y formación arquitectónica, desbordó los límites de la representación convencional para convertirse en una investigación expandida sobre espacio, memoria y percepción. La obra destacó no solo por su potencia visual, sino por su capacidad de articular una leyenda ancestral con una lectura crítica del presente urbano y territorial. Ese cruce entre imaginario indígena, intervención en espacio público y conciencia sísmica fue lo que le otorgó su fuerza excepcional dentro de la bienal.

Con el tiempo, Mirinday amplió su alcance al ser exhibida también en El Salvador, confirmando la resonancia de una obra que trasciende su contexto local sin perder profundidad territorial. Sin embargo, su núcleo permanece anclado en Mérida. Allí donde el valle, la sierra, la ciudad y la falla se encuentran, Mirinday recuerda que el paisaje no es una superficie neutra. Es un archivo vivo de memorias visibles e invisibles, de cuerpos enterrados en la piedra, de advertencias geológicas, de relatos ancestrales y de futuros posibles. Más que ilustrar una leyenda, esta obra reactiva una conciencia: la necesidad de volver a mirar el territorio y reconocer en él lo que siempre estuvo allí.

mirindai f.jpg
WhatsApp Image 2026-04-16 at 2.09.48 AM.jpeg
DSC_0580.JPG
3.jpg

GENERADOR
DE PERCEPCIONES

Generador de percepciones fue la instalación urbana desarrollada como parte de Mirinday. Consistió en una serie de marcos desplazados e instalados en distintos puntos de Mérida para activar una nueva lectura del paisaje. Estos dispositivos de encuadre dirigían la mirada hacia sectores específicos de la sierra, revelando en el relieve de la montaña los perfiles de los antiguos seres pétreos vinculados a la leyenda. Lo que parecía una vista cotidiana comenzaba a leerse como rostro, memoria y señal.

Más que un objeto fijo, la pieza funcionó como una acción móvil y relacional. Cada cambio de ubicación transformaba la experiencia y producía una nueva lectura del territorio. La obra dependía del cuerpo del espectador, de su posición en el espacio y de su disposición a mirar. En ese gesto, el paisaje dejaba de ser fondo para convertirse en contenido activo de la obra. Desde una perspectiva contemporánea, esta operación desplazaba la práctica artística hacia una activación perceptiva donde ciudad, montaña y observador formaban parte de un mismo sistema.

La instalación también introducía una dimensión crítica. En algunos emplazamientos, los marcos enmarcaban zonas urbanas especialmente frágiles, asentadas en sectores vinculados a la falla de Boconó. De este modo, el acto de señalar no solo hacía visible una leyenda olvidada, sino también una condición geológica y urbana latente. El marco operaba como un umbral entre mito y realidad, entre memoria ancestral y advertencia contemporánea.

Realizar una propuesta de esta naturaleza a tan temprana edad resulta especialmente significativo dentro de la trayectoria de Adrián Gómez. Desde entonces, su práctica ya mostraba un interés por articular arte, espacio, territorio, percepción e imaginario cultural en una sola operación. El Gran Premio de la VIII Bienal de Artes Visuales ULA 2012, Plena Expresión reconoció justamente esa capacidad de expandir la obra más allá de la pintura y convertirla en una investigación visual y espacial sobre la ciudad, la montaña y sus memorias profundas.

TÉCNICA Y APORTACIÓN
 

Mirinday fue realizada a partir de una fotografía intervenida digitalmente y posteriormente trabajada de forma manual con óleo y polvo de oro, dando lugar a una técnica mixta que, para su momento, resultó especialmente singular. Esta combinación permitió construir una imagen de gran densidad visual, situada entre el registro fotográfico, la manipulación digital y la presencia material de la pintura. Lejos de responder a una sola disciplina, la obra se configuró como un territorio híbrido donde imagen, materia y visión simbólica quedaban fundidas en una misma superficie.

Vista desde el presente, la pieza adquiere una condición particularmente reveladora: su atmósfera y su tratamiento visual pueden recordar ciertas imágenes generadas hoy mediante inteligencia artificial, pero en Mirinday ese efecto fue alcanzado años antes desde un proceso artístico consciente, manual y experimental. Allí reside una parte importante de su fuerza histórica. La obra anticipó, desde otro tiempo y desde otra tecnología, una sensibilidad visual que hoy parece contemporánea, confirmando el carácter adelantado de una búsqueda que ya entonces desbordaba los límites convencionales entre fotografía, pintura e intervención digital.

Esta técnica no fue un recurso aislado, sino el inicio de un lenguaje que se volvió persistente dentro de la práctica de Adrián Gómez y que continúa desarrollándose en su producción actual. En Mirinday ya aparece con claridad una de las líneas centrales de su obra: la construcción de imágenes donde lo real, lo mítico, lo territorial y lo visionario conviven en una misma escena. Desde esa perspectiva, la pieza ocupa un lugar relevante dentro del arte contemporáneo venezolano, no solo por su valor simbólico y conceptual, sino también por su temprana exploración de procedimientos híbridos que hoy resultan especialmente vigentes.

La importancia de esta obra se ve reforzada por su permanencia dentro del archivo histórico y artístico de la Universidad de Los Andes, en Mérida, Venezuela, una institución de enorme relevancia académica y cultural en el país y en la región. En ese contexto, Mirinday no solo permanece como una pieza clave dentro de la trayectoria temprana del artista, sino también como parte de una memoria universitaria y cultural ligada a una de las casas de estudio más importantes del continente. Su permanencia allí confirma el valor de una obra que, desde muy joven, ya proponía una visión propia, expandida y anticipatoria del arte.

art.jpg

© 2010 ADRIAN GÓMEZ ART

bottom of page